La maquina devoradora (11)
by Eduardo Larrinaga F.Al lado de mi hija, senti dentro de mi el coraje para volverme a levantar, su apoyo me isnpiraba para ignorar el dolor, avanze hacia ella, no permitira que la maquina le hiciera daño.
El arbol donde Dana estaba, se derrumbo convertido en astillas, ella escapando de la rafagas de metralla alejo la atencion de la maquina el tiempo suficiente para que mis heridas mas graves sanaran parcielmente, exausta pero sin herdad graves nos reunimos en la seguridad de un muro de piedra que levante con magia, esta vez el muro era acompañado por un sencillo hechizo de viento que giraba con un torbellino frente a el, la metralla no era desviada, pero su velocidad era reducida lo sufiente para que el escudo tuviera el minimo daño.
A pesar de su impulso de negarse a ser curada, Dana acepto que aplicara el hechizo en ella, su cuerpo humano era fragil, y sin mana que la protegiera, su unica defensa era su velocidad, despues de cerrar los rasguños use un hechizo de porteccion en ella, lamentablemente al verse de algun modo alterado el flujo de mana, esta proteccion solo duraria unos minutos o cierto nivel de daño, lo que ocurra primero.
El momento de actuar habia llegado, tal como esperaba las rafagas cesaron al no surtir efecto, esta vez el ataque seria en serio, del centro de la maquina se acumulaba el terrible rayo de energia pura, pero a su vez eso detenia a la maquina para atacar, y muy a mi pesar, el plan de Dana era el unico posible.
Dana salto sobre el torbellino que de inmediato la impulso hacia arriba justo en el momento en que el rayo de energia fue despedido, ella concentrando su energia vital en sus brazos, corto literlamnete el rayo desviandolo en dos partes, yo apareci detras de ella, y con toda la mana que pude reunir lanze un hechizo doble, un daga de hielo que en su interior comprimia una gran bola de fuego, el ataque fue certero, y con una gran explosion la maquina envuelta en humo negro cayo sobre su costado.
Cai junto a Dana, ella de inmediato me abrazo, revosante de alegria, tome sus brazos con suavidad dejando que la magia fluyera a travez de mi curando el grave daño que habia en ellos, sonriendo mi hija me dijo
“Vayamos a casa, padre”