El Dr. Maxwell Cochambre sigue sin entender por qué su paciente Nick Valydon, al salir de la consulta, le ha gritado “¡Masturbarse no es pecado!”, si durante dos horas han estado hablando de su imposibilidad para acabar puzzles de 1000 piezas. Acabar un puzzle no es tarea fácil, pues entran en juego un millón de factores:

a) Es importantísimo no perder el ánimo si después de 5 años con la misma pieza, aún no has conseguido averiguar dónde colocarla.
b) Si te arroya un caballo, no dejes que eso te influya: es Dios, que quiere desconcentrarte.
c) Cocinar, hacer el amor y tripular un submarino atómico no son tareas compatibles con nuestra empresa.
d) Ser rematadamente feo no implica ser negado para hacer puzzles de 1000 piezas, ni de 2000, ni de 5000.
e) Es importante entender que un puzzle no es una alcachofa, por lo tanto, no lo trataremos como tal.
f) Si al acabar, te sobran piezas, no te engañes: no has acabado.
g) Siempre intentaremos hacer puzzles cuya facilidad sea manifiesta. Quedan descartados, por tanto, puzzles sobre el universo, el mar, el cielo y los parques de bomberos.
h) En caso de optar por un puzzle sobre el universo, el mar, el cielo o los parques de bomberos, hay que proveerse sin duda de un revólver calibre 44 para volarnos la tapa de los sesos cuando el sufrimiento alcance su cenit más alto.
i) En el apartado i no pondremos nada.
j) En el j, tampoco.
k) Sitúa tu proyecto de puzzle sobre una superficie plana. Quizás este sea el único consejo que valga la pena de esta, por otra parte, importantísima lista.
l) En un ataque de ira, tirarlo por la ventana no ayudará a su finalización.
m) Piensa que esto es sólo una afición: nadie te pagará por ello. Si esa era tu motivación principal, ya puedes ir cargando tu 44.
n) ¡Ánimo, esfuérzate más! Piensa que el día que acabes tu puzzle dejarás de necesitar asistencia psiquiátrica.
o) Tu puzzle es más importante que cualquier otra cosa en este mundo. Puedes abandonar tu empleo y hasta a tu pareja, pero jamás desistas de colocar la última pieza
p) El tabaco no interfiere en nada nuestra tarea. Si lo deseas, no lo dudes: sigue fumando.
q) No confundas el hacer un puzzle con atracar un supermercado.
r) Hay gente a la que no le gustan los puzzles. Asúmelo y deja de dispararles.
s) “Puzzle” se escribe con dos zetas, no con una zeta, ni con tres zetas. Con dos zetas. Que esto quede muy claro.
t) Si la Tierra deja de girar y el Sol deja de darnos calor, ya te puedes ir dando prisa en acabarlo.
u) Destruye cualquier documento que te relacione con Adolf Hitler. No te ayudará a acabar tu puzzle, pero conseguirás que no te detengan.
v) La Toscana es un lugar muy bonito para ir de vacaciones con la familia.
w) Pueden darse varias razones para que una pieza no encaje: puede que sea de otro puzzle, puede que sea una tuerca o puede que sea un riñón extirpado. No hay más.
x) No tienes por qué empezar por la pieza número uno. Esto es muy importante, más que nada porque las piezas no están numeradas.
y) Hay infinidad de grandes novelas que hablan de puzzles, como “Los miserables”, “Guerra y paz” o “Madame Bovary”. Si las lees, quizás aprendas algo de ellas.
z) Finalmente, no te desanimes: no está comprobado que Marlon Brando haya acabado nunca ningún puzzle, y no por ello deja de ser una celebridad.

Cuando Nick Valydon colocó la primera pieza del puzzle que acabaría con su vida, él ya era consciente de todo esto.

Nick vivía con su mujer y sus tres hijas en una hermosa casa con jardín a las afueras del estado de Oklahoma, en el imaginario pueblo de Puckaspukee. Vivir en un pueblo imaginario no es algo tan fácil: para empezar, cuesta una barbaridad hacer creer a la gente que en efecto vives ahí. Puckaspukee era un pequeño pueblo de unos 2.000 habitantes que cada año, por Navidad, celebraba un torneo de squash para mapaches que reunía a cientos de ellos, dispuestos a dejarse la piel en el campo. Cuando acababan los festejos, los mapaches se abandonaban a una orgía de violencia con los habitantes, que muchas veces acababa con la aniquilación de estos simpáticos animalitos. Nick fue uno de los fundadores de tan animado torneo, así como de la destrucción de cualquier edificio histórico o del asesinato de todo hijo primogénito nacido en o cerca del pueblo. Nick, por tanto, era un hombre muy querido en su comunidad: siempre tiraba la basura en el jardín de su vecino, prometía cosas que no cumplía y no dejaba que las ancianitas se le adelantasen en la cola del supermercado. Precisamente haciendo cola, pero para comprar una entrada de cine, Nick se topó con la que sería su mayor afición: el coleccionismo de falanges, que abandonó cuando descubrió que en algunos estados (no en todos, por supuesto) esto podía ser un delito, sobre todo cuando las cortaba con saña y sin permiso del propietario. Fue entonces cuando, un caluroso día de primavera, decidió entrar de lleno en el apasionante y sangriento mundo de los puzzles.

Su primer puzzle finalizado constaba de 50 piezas, y representaba a los cuatro jinetes del Apocalipsis arrasando París: todos se asombraban de que, en un puzzle tan reducido, se mostrase con tanto detalle la mediocridad del ser humano. No tardó más de 5 días en acabarlo, y creyó por tanto haber encontrado un nuevo filón de entretenimiento.

Su siguiente puzzle fue de 200 piezas, un considerable aumento en el nivel de dificultad, y en él se podía apreciar cómo el ejército ruso abandonaba Afganistán por la puerta de atrás: en el puzzle sólo se veía la puerta (chiquitita y de madera), pero todo lo que significaba era tan abrumador para Nick que al colocar la última pieza rompió a llorar desconsoladamente.

El tercero era una réplica de “El grito” de Munch y tenía 500 piezas. Le pareció extraño y excitante que tantas piezas cupieran en el tamaño de un sello postal, así que se lanzó a tan suculenta aventura de cabeza y sin flotador. Echó de menos no haber tomado más clases de natación durante la escuela y a punto estuvo de ahogarse de no ser por un carguero soviético que lo rescató en pleno océano Atlántico. Los rusos le dieron comida y vodka en abundancia, y él se lo agradeció incendiando el barco y mandando detener a todos sus tripulantes. Años después, uno de los rusos le envió esta intrigante misiva: “Te vamos a matar por lo que nos has hecho”. Nunca llegó a descifrar el críptico mensaje, ni siquiera cuando alguien que no paraba de repetir “¡_____!” se abalanzó sobre él con un machete de 15 centímetros que pretendía clavar entre la primera y la segunda costilla del lado derecho de su, por otra parte, fornido tórax.

El cuarto puzzle que Nick comenzó y acabó representaba a Jean-Luc Godard durmiendo la siesta y lo formaban 700 soporíferas piezas, todas ellas con una intensísima sensación de aburrimiento y desánimo que a punto estuvieron de conseguir que nuestro héroe abandonara tan divertido pasatiempo. Por suerte, no lo consiguieron y Nick terminó el soñoliento puzzle justo la noche de su 30 cumpleaños, noche en la que su mujer Felicia le regaló el, para su desgracia, funesto quinto (y primer) puzzle de 1000 piezas.

El quinto puzzle de Nick llevaba por título “Vas a morir si no lo acabas” y nada hacía presagiar que algo malo le pasase de no finalizarlo con éxito. Felicia lo compró en una siniestra pero divertidísima tienda de la calle Crimen y castigo, justo a las 13:13 horas de la tarde. La tienda tenía el nada preocupante nombre de “Cosas que te pueden matar” y su dueño, un caballero que no entrañaba peligro alguno más que el de ser un conocido asesino en serie, le dio este grato consejo, que ella recibió con una luminosa sonrisa: “Si adquiere este puzzle, un ser querido perderá la vida”.

Felicia recorrió alegre las imaginarias calles de Puckaspukee con el nuevo puzzle bajo el brazo, mientras se hacía la siguiente y extraña pregunta: “Si vivo en un pueblo imaginario, ¿quizás yo también sea el fruto de alguna invención?”. A este pensamiento no le dedicó más de 0,5 segundos, justo el tiempo que se tarda en leerlo, y continuó el camino hasta su casa con el ánimo renovado y el andar travieso típico de una esposa enamorada.

En el hogar, sin poder esperar ni un solo segundo, premió a su treintañero marido con el ansiado regalo y éste abrió la caja con tal ánimo que desperdigó las piezas por todos los rincones del salón. Tardaron seis meses en volver a juntarlas y poder tener opción así de dar inicio a tan lúgubre puzzle de 1000 piezas exactas, ni una más, ni una menos, 1000 y sólo 1000, y que el cielo se abra si este cronista no dice la verdad.

Nick puso la primera pieza y desde ese momento ya no pudo continuar. Según el dibujo de la caja, el puzzle representaba a la Muerte pidiendo la vez en la pescadería, pero para su sorpresa, todo parecía igual, completamente negro. No sabía por dónde continuar, y eso que le ponía interés, pero nada: era un trabajo de chinos imposible. Tres años más tarde, Nick aún seguía sólo con la primera pieza y todos sus vecinos del imaginario Puckaspukee aguardaban a la puerta de su también imaginaria casa, temiendo que el bueno de Nick, su vecino más querido y admirado, pusiese fin a su vida por culpa de una estúpida afición. Felicia tampoco estaba menos preocupada: ver a su marido cada día, sentado, devanándose los sesos por averiguar qué pieza encajaría con esa primera y no poder conseguirlo, le provocaba un negrísimo pesar.

Nick, tan triste como un león en el zoo, se dio por vencido y guardó todas las piezas en la caja; después, cogió la caja y la encerró en un armario, castigada sin postre y sin televisión. Bueno, miento al decir que guardó todas las piezas, porque la primera pieza, aquella que colocó y a la que jamás pudo encontrar una hermana, la dejó donde estaba como signo de su derrota. Desde ese momento, cada día que pasaba cerca de ese pequeño trocito de cartón negro como las profundidades del mismo Infierno, creía oír una pequeña risita de satisfacción y, ¿por qué no decirlo?, de maldad. ¿Sería posible que esa pieza se burlase de su incapacidad de hacer un simple puzzle, un juego de niños intrascendente? Eso alteraba sobremanera al pobre Nick, hasta el punto que no le dejaba dormir, ni le dejaba comer, ni le dejaba querer a su mujer, ni divertirse con sus hijas. Él sólo podía pensar en lo bien que se lo estaba pasando aquella pieza sobre la mesa del comedor riéndose de él.

Felicia, intentado aportar una solución, le dijo “¿Por qué no la guardas con las otras y te olvidas?”, pero eso empeoró todavía más la situación: Nick prohibió que cualquier miembro de la familia guardase, tirase o siquiera tocase la maldita pieza, bajo pena de muerte. La situación en casa se enrareció violentamente, con sospechas y dudas entre ellos, continuamente, con miedo a Nick, pero sobre todo, lo más extraño, con un terror indescriptible hacia la negra pieza.

Pasaron días, y luego pasaron semanas, y más tarde se completaron meses, y años, y la pieza seguía sobre la mesa, partiéndose de la risa. Y cada día que pasaba, cada semana, cada mes, cada año, Nick parecía más desquiciado, sumido en una depresión absurda por ser incapaz de acabar un puzzle de 1000 piezas; y lo que es peor, apartado de su familia, encerrado en sí mismo bajo siete llaves y cincuenta candados. Felicia, creyendo tener la solución, le regaló a Nick por su 40 cumpleaños otro puzzle de 1000 piezas, en apariencia mucho más fácil, para que éste lo acabara y terminara de una vez con tan fatigoso penar. Este nuevo puzzle era todo lo contrario al anterior: fue abrir la caja y oírse una música celestial, que parecía cantada por ángeles anunciadores, con trompetas y arpas melodiosamente afinadas. Felicia lo compró en una tienda nueva, “La Gloria de Dios”, regentada por un grupo de ancianas, antiguas monjas, que habían colgado los hábitos para ganar algo de dinero con productos lúdicos caseros que hacían ellas mismas en, eso, sus casas.

Sin embargo, algo pasó: otra vez, fue colocar la primera pieza, blanca como la nieve, y no poder más. De nuevo, todo el puzzle era igual, todo del mismo inmaculado color, con lo que continuar se hacía una empresa harto complicada. Nick miró a Felicia, con una melancolía pueril en su rostro, y le dijo a su mujer, casi a punto de llorar: “No puedo”.

Felicia cogió al bueno de Nick de la mano, se lo llevó al sillón, en donde lo sentó con cuidado, y luego, con una tristeza comparable a la de su esposo, guardó todas las piezas del nuevo puzzle… Todas menos la primera, que colocó junto a la pieza negra, la desencadenante de toda esta desgracia, para que las dos se rieran juntas de su desafortunado marido.

Desde ese día, las dos piezas, la blanca y la negra, observarían graciosas, estiradas a gusto sobre la mesa del comedor, el día a día de esa familia que habían destrozado: verían a Nick tomando su medicación para superar la depresión, y a Felicia preparando el desayuno de sus hijas, y a las niñas jugando con sus muñecas sobre la alfombra. Con el tiempo también fueron testigos de cómo Nick, gracias a la inestimable ayuda del Dr. Cochambre, superaba al fin el mal trago; y de cómo Felicia encontraba un nuevo trabajo imaginario mejor remunerado; y vieron a la hija mayor ir a la universidad; y opinaron sobre el primer novio de la hija mediana; y ayudaron con sus deberes a la hija pequeña. Años más tarde, viejas y ajadas, verían como, una a una, las hijas iban desapareciendo de la casa para probar suerte en otros pueblos imaginarios; y conocerían al primer nieto de Felicia y Nick; y estarían presentes el día en que el propio Nick dejaría esta vida, tranquilamente, acostado en su cama. Pero eso fue muchos años más tarde, tantos años que ya nadie reparó en que ellas, inmóviles, aún seguían ahí.

DAVID BOMBAI

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