Transcurridos siete años desde su fracasado matrimonio, Jenny Pumpkin regresa a casa después de otra cita aburrida y, por supuesto, dramáticamente fallida: en esta ocasión, el interfecto le ha propuesto mantener relaciones sexuales poco después de pedir el primer plato, lo que le ha agriado considerablemente el resto de la cena. Normalmente, se suelen esperar, como mínimo, al segundo.

Jenny no entiende cómo pueden ser los hombres tan rematadamente estúpidos, pero más o menos se hace una idea si recuerda lo imbécil que llegaba a ser el que un día fue su marido. Orlando tenía la graciosa manía de manchar de barro las sábanas del lecho conyugal, y de criticar a Mozart por “sus coqueteos con la bossanova”, no entendía por qué el agua necesitaba de una determinada temperatura para romper a hervir (“Que hierva cuando quiera, ¿no?”), y definitivamente su cerebro no llegaba a comprender que hubiese una ciudad en Europa a la que alguien, con muy mala idea, había decidido llamar Frankfurt (por razones evidentes). En cambio, jamás se preocupó por entender las tres leyes de Newton, ni cómo se hace una declaración de la Renta, ni qué aspecto tiene un regalo de cumpleaños que se le hace a otra persona. No obstante, lo que más le molestaba a Jenny de Orlando era que soliese pensar en otras mujeres cuando hacían el amor, e incluso, casi le molestaba de igual manera que de hecho también se acostara con ellas.

Orlando salió de la vida de Jenny igual que entró, disfrazado de Popeye y gritando “¡Basta ya de cine político!”, hecho que Jenny agradeció y hasta aplaudió: para ella, Orlando siempre había sido muy divertido.

Ahora, después de tres años y cuatro meses de matrimonio, y cinco más de relación, Jenny Pumpkin volvía a ser una mujer libre para hacer cuanto se le antojase, como un viaje al Tíbet, una colección de cromos de coches de carreras o para despotricar de los fans de “El señor de los anillos”.

Esperando su momento de inspiración, cogió una maleta y se fue al fin del mundo en autobús: la línea que llega hasta él se detiene en Nueva York, pues es sabida por todos la manía de los norteamericanos de creer que en su país empieza y acaba cualquier cosa. A orillas del Atlántico, Jenny reflexionó sobre su futuro y pensó que su pasado no había sido más que una broma de mal gusto, y encima carísima: a Orlando le encantaba desayunar caviar con magdalenas los domingos, mientras leía el periódico deportivo. Orlando también era aficionado al golf con pelotas de oro macizo, a la lucha libre con vestidos de Armani y a la escritura automática con tinta china sobre sillones Chippendale. A Jenny siempre le pareció que todo eso era tirar el dinero, pero también era la única forma de que su marido no se pasase todo el día llorando y ensuciando pañuelos de seda de 400 dólares.

Contemplando con nostalgia (y en un plano americano que le coge hasta las rodillas) la Estatua de la Libertad, Jenny se dio cuenta de que jamás había conocido el amor de verdad: ya de Orlando nunca creyó estar enamorada del todo, así que ahora que habían finalizado su relación, con más razón ansiaba encontrar ese fuerte sentimiento que, desgraciadamente para ella, aún desconocía.

Se dio a sí misma el exacto período de 2.556 días para encontrar al hombre perfecto que la convertiría a ella, a su vez, en la perfecta mujer: según su madre “ninguna mujer debería vagar sola por ahí sin un hombre que la proteja”, y eso llegó a creer ella también. Y por supuesto, asistir en primera persona al final de su matrimonio con Orlando era quizás lo más horrible que le podía a pasar en esta, por otra parte, maravillosa vida.

… Ahora que lo pienso: no he mencionado la profesión de Jenny, lo que sin duda nos dará una idea bastante definitiva de cómo es ella en realidad. Jenny, aunque su matrimonio estaba basado en una mentira, aunque está convencida de que todo este tiempo al lado de Orlando ha sido tiempo perdido, aunque cree firmemente que un buen hombre es un hombre muerto, es compositora de canciones melódicas, todas ellas con el amor como tema principal. Todos sus temas tiene como protagonistas a parejas que se aman hasta el fin de sus días, ya sea antes de tiempo como Romeo y Julieta, o al borde del ingreso en el geriátrico, como en “Los puentes de Madison”.

Jenny era autora de piezas tan empalagosas como “Te digo “Te quiero” aunque me duele la barriga”, “El amor y tú: una sola cosa” o “Cuánto amor me llevo, cuánto amor me llevo; Vale, pero no te lleves también mi cartera”; y de canciones con un cierto punto crítico como “Esto que llamas amor, ¿no será cáncer?”, “Voy a vomitar de sólo pensar que nos vamos a acostar” o “Te mataré si te quedas con la casa en los Hamptons y con el piso del Greenwich Village, hijo de mala madre”. Estas, por cierto, serían el fruto de su última etapa, la posterior a su traumático divorcio.

De todas formas, para bien o para mal, ese era su trabajo, y si quería conservar su nivel de vida, tendría que mantenerlo a toda costa. Evidentemente, para una persona que ya no cree en el amor bajo ningún concepto, escribir temas como “Te amo, no me dejes nunca, jamás te dejaré, eres el amor de mi vida” (nº 75 en el Billboard) no era tarea fácil.

Los cantantes que la contrataban para que les compusiera sus nuevos discos, futuros números uno en las listas de éxitos, se horrorizaban al tener que entonar temas como “Sucia rata, espero que mueras estéril y solo” o “Eres tan despreciable como tu padre, quienquiera que sea”. Mucho duró esta situación hasta que Jenny se dio cuenta de que podía hacer canciones igual de hermosas pero con el desamor como telón de fondo. Así aparecieron temas menores pero decentes como “Me dejas, yo sigo adelante” o “¿Esto es Wisconsin?, porque si lo es, tengo que dar una conferencia”. No obstante, era evidente que Jenny había perdido su garra. Tenía que volver a creer en el amor como fuera.

Su manager, Eric Deltono, preocupado por “su inversión”, le preparó a Jenny una serie de citas con hombres maduros algunos, demasiado jóvenes otros, y rematadamente psicóticos la mayoría, que poco ayudaron a que su ilustre representada encauzara de nuevo el sendero del romance amoroso. Jenny los calificó a todos de “pueriles” y dio un portazo que le dolió a Deltono en lo más saliente de su, por cierto, feo rostro: la puerta se encontró de lleno con su horrible olfato para las relaciones humanas. La verdad es que Deltono no tenía ni idea de cómo era Jenny en realidad, con lo que difícilmente iba a poder conseguirle un hombre a su altura.

Eric Deltono buscó por todos los bares de la ciudad (incluso en aquellos cuyos cristales estaban lo suficientemente limpios como para poder ver su interior), y en ninguno de ellos dio con un tipo que pudiera satisfacer lo más mínimo a Jenny: a todos les fallaba algo, desde la pierna de madera del bueno de Buck, al ojo de cristal del antiguo domador de leones Cletus MacMahon, o incluso a la reconstrucción en hojalata del tórax de Tico Mackintosh, un extrovertido piloto de avión, además de asesino en serie. Deltono era incapaz de encontrar a uno sólo al que Jenny no pusiera pegas. “Esta chica es demasiado exigente”, se decía para autoconvencerse de que sus esfuerzos llegarían finalmente a buen puerto. Jenny, en cambio, lo que decía para autoconvencerse de que no necesariamente todos los hombres del universo eran unas criaturas mediocres y abominables era que “el universo, gracias a Dios, es endemoniadamente grande”.

Y en efecto, así era: el universo tiene una longitud de billones de años luz (eso si no resulta ser infinito), albergando en su sino un número indefinido de galaxias que a su vez contienen una cantidad no inferior a 100.000 millones de estrellas cada uno, seguramente muchas más. Por tanto, sí, el universo que Jenny soñaba era tan gigantesco que la cantidad de varones que podía encontrar en él ni siquiera podía calcularla. Aún había esperanza: de lo único que estaba segura era de que, fuera como fuese, el hombre que ella estaba esperando no vivía en Queens.

Puso de nuevo tierra de por medio y llegó a una pequeña ciudad del sur de México, en donde un anciano con una raqueta de tenis la invitó a “tocar unas cuantas bolas”, lo que ella rechazó por completo. Cuando el anciano se excusó y le explicó que lo que en realidad quería decir era que le parecía una mujer muy inteligente, Jenny se lo pensó mejor y aceptó acompañar al viejo durante una tarde entera y 50 minutos. Poca cosa pasó durante la tarde, pero los 50 minutos siguientes fueron de infarto: el viejo le desveló a Jenny el sentido de la vida, la fórmula de la Coca-Cola, por qué los peces no tienen memoria, el código genético con un porcentaje de error +/- del 0,8%, cuál era la comida rápida favorita de Hernán Cortés y cuántas mujeres hacen falta para cambiar una bombilla (esto último, un chiste horrendo que puso a Jenny de bastante mal humor). El abuelo volvió a excusarse (esta vez por su mal gusto en cuanto a chistes), le regaló un pequeño mapache que Jenny aceptó y acabó su extraordinario encuentro con una frase que ella jamás olvidará (por lo menos, hasta que acabe el cuento): “El hombre que te ame, será un hombre de lo más correcto; el que no lo haga, no lo será; y guárdate de todo aquél que quiera mostrarte el Gran Cañón del Colorado en formato panorámico 2:35”.

Si tengo que ser sincero, de hecho antes de llegar a México un señor bajito, calvo y con bigote ya le propuso a Jenny ver el Gran Cañón en formato ancho y ella aceptó, debido a lo interesante del ofrecimiento. De todo ello, Jenny dedujo que ver el Gran Cañón en 2:35 es una experiencia que ningún ser humano muerto debería perderse. Tanto le impactó su visión, que escribió una canción sobre el particular, “20 dólares no es dinero”, en cuya sexta estrofa se apreciaba una ligerísima y somera referencia a tan impresionante acontecimiento.

En cualquier caso, nada de lo que había hecho hasta ese momento le había propiciado un amante en condiciones (en condiciones para amarla, se entiende). Lo único que había sacado era un terrible dolor de cabeza y pelos de mapache por toda la ropa. Eric Deltono se puso en contacto con ella para asegurarle que había encontrado al hombre de su vida, pero se desanimó cuando vio que esto era literalmente cierto: Deltono en efecto había encontrado al hombre de su vida, pero de la suya, es decir, de la de Deltono: era guapísimo, esbelto, creativo y con un juego de piernas digno del mejor boxeador de Las Vegas. Y, además, para colmo, estaba locamente enamorado del agente de Jenny, lo que lo convertía en un futuro marido con poquísimas posibilidades. De todas maneras, Jenny se alegró por Eric y les deseó un futuro juntos lleno de vino caro y ensaladas de rúcula. Desgraciadamente, ese era el único deseo hermoso que ahora mismo se le podía ocurrir.

En la fiesta de pedida (de pedido, mejor dicho), Jenny conoció a Bron Bronkiuster, un admirador febril de la Zarzuela, del tomate de huerto y de las películas románticas que acaban mal. Precisamente, esa adoración suya por el cine lacrimógeno fue la que lo incitó a enamorarse perdidamente de Jenny, de la que no conocía más que su nombre. Creyó que juntos vivirían la más intensa historia de amor jamás soñada, y que cruzarían el mundo entero, y que nunca nadie sería capaz de separarlos. Y esto fue verdad durante 99 minutos, exactamente lo que dura “Love Story”: cuando acabó la película, Jenny se levantó y huyó despavorida al ver el mar de lágrimas en el que se habían convertido los ojos de su exageradamente sensible enamorado. Bron lloró aún más al ver cómo Jenny se alejaba, sin dejarle ni una dirección postal a la que escribir y enviar afectadas misivas de amor no correspondido.

Jenny corrió hasta que las piernas le dijeron basta y su corazón gritó “¡Pamplona!” y allí se quedó. Se sentó en un bordillo y recapacitó sobre todo lo que le estaba pasando, y en lo mal que lo estaba llevando. Se dijo a sí misma que la única forma de encontrar a alguien que la quisiera (y que no fuese un patético hombre llorón) era dejando de buscar. Se dio cuenta de que la única forma de disfrutar de lo que le quedaba de vida (exactamente 10.897 días) era no preocupándose por algo tan inútil e inservible como es un varón y todo lo que representa. Se dijo a sí misma que no entendía según qué discos de los Beatles, sobre todo el “White Album”, y que nunca más volvería a sentir pena por su situación. Convino a decidir que estaba mucho mejor de lo que todo el mundo decía, además de ser una de las mujeres más atractivas de todo Wichita. Se afirmó a sí misma que su madre estaba equivocada y que su exmarido Orlando jamás debió de haberle tocado ni un solo pelo de su preciosa cabellera de mujer aguerrida. Se dijo que hasta el universo, del cual dudaba aún de su extensión, se le iba a quedar pequeño de lo lejos que pensaba llegar.

Sus canciones fueron entonces si cabe más acarameladas y dulzonas que nunca. El amor era ahora para ella un sentimiento del que se podía despachar a gusto. Ya no necesitaba creer en él para nada, porque de nada le había servido. Eso le permitía afrontar la situación con la cabeza fría y sin precipitaciones (sólo un ligero viento racheado proveniente del norte, y algo de niebla por la mañana). Cuando veía a un hombre cuyo interés despertaba en ella al enanito de la curiosidad, se decidía a investigarlo. Cuando, después de tres cenas y un encuentro amoroso, veía que ya no había más tierra en la que escarbar, le escribía una bonita canción que normalmente titulaba “Adiós, has sido muy amable, y además hueles bien” o “Encantada, ya puedes recoger tu ropa y largarte”. Ellos leían la canción una y otra vez, intentando encontrarle un sentido oculto, pues siempre creían que en ella se ponía en duda su hombría, y nunca giraban el papel, en donde tenían la respuesta a la cuestión que tanto les acongojaba: “En serio, ha sido una velada agradable, pero no vuelvas a llamarme”.

Entonces, Jenny sí que vivía bien: cada mañana se despertaba con una sonrisa de oreja a oreja, que le duraba hasta que se acostaba. Cuando se duchaba, lo hacía con esa sonrisa (a veces, incluso sólo con ella, pues se olvidaba de abrir el grifo, de lo contenta que estaba); y cuando comía, también (a veces resultaba un poco embarazoso para sus comensales, pues era extremadamente desagradable el ver cómo toda aquella comida se escapaba de entre sus dientes); aquella sonrisa también la acompañaba cuando compraba el pan; y cuando veía la televisión; y cuando releía “Madame Bovary”. Y lo más importante era que aquella sonrisa permanecía impertérrita hasta cuando iba de visita a la casa de su madre, esa mujer que seguía convencida de que la disoluta vida de su divorciada hija (“¡Algo habrás hecho para que te abandone!”) la llevaría por el camino de la amargura, o en el mejor de los casos, a la tumba prematura. Ya nadie convencería a la vieja de que su hija, de encontrar otro marido (“¡Dios lo permita!”), vería sus pecados actuales recompensados con otro matrimonio destrozado.

Pero la sonrisa seguía ahí, permanente como el rimel de 500 dólares que se dio el gusto en comprar. Y los hombres seguían apareciendo y cayendo semanas después como guerreros en la contienda. Unos duraban más que otros, pero todos, tarde o temprano, acababan desvelando su horrenda forma de ser. Unos simplemente la querían para que contribuyese económicamente en su futura empresa de forjados metálicos; otros para que les pagase la comida, les dejara ducharse y ver la final de liga en su televisor; otros creían que les conseguiría un pase privado para el concierto de esa noche; y los más sinceros sólo querían acostarse con ella. Ella aceptaba los términos porque, al fin y al cabo, también eran los suyos; no necesitaba nada más. Sólo quería que la dejasen tranquila, a sus anchas en la cama, y que cuando cerrasen la puerta de la habitación no hiciesen demasiado ruido.

Eric Deltono, preocupado porque las canciones de su representada comenzaban a tener los difícilmente comerciales títulos de “Ahora sí que vais a saber lo que es una zorra vengativa” o “Tú sigue riendo, que mañana aparecerás muerto en la cama”, intentó entender qué era lo que pasaba por la cabeza de Jenny. Ella se empeñó en decir que nada, pero cada vez que lo decía, menos calmado estaba Eric y más angustiado se sentía. Después de un resfriado que lo mantuvo en cama durante dos semanas y un día, Eric tuvo una revelación: recordó el artículo de un periódico que hablaba de un científico loco que, según él, había creado a la mujer perfecta (sin cerebro ni pasión por las rebajas) y cuyo invento le había abandonado por un perito agrónomo de tercera generación. Eric pensó que si había alguien en el mundo tan desencantado del género contrario, ese era él. “Tienen que conocerse”, se dijo, y escribió la siguiente carta:

Querido científico chalado,

Sabiendo que es una persona tan detestable como incoherente, me permito el placer de invitarle a cenar esta noche en mi casa, en compañía de mi marido boxeador y de mi insensible y fría representada. Tranquilo, no queremos de usted más que su esperma.

Afectuosamente,

Eric Deltono, agente de artistas.

Henry leyó la carta y pensó que no debía de ser tan mala idea si el cartero no había muerto al depositarla en el buzón: Henry tenía la cualidad de aceptar proposiciones siempre que los mensajeros no murieran durante la entrega. Se puso sus mejores galas (su mono vaquero de 1977) y acudió a la cita, tres horas tarde y con la barriga llena: de camino, paró en todas las hamburgueserías de la ciudad para probar la especialidad de la casa y el batido del día.

Deltono, su marido y Jenny le esperaban con una falsa sonrisa en el semblante (debida a la educación católica que les impedía despotricar delante de la gente), que cambiaron enseguida al ver cómo el invitado se tambaleaba de un lado a otro, rompiendo jarrones y tirando cuadros al suelo: en el camino también se había topado con unas cuantas tabernas del siglo XVIII, que por lo curioso de la propuesta, se vio obligado a visitar.

- Buenas nochesssssssssssssssssss – dijo Henry, haciendo la “s” tan larga como le permitió el eructo que vino a continuación.
- Buenas noches, señor Henry – afirmó Deltono - Es usted tan desagradable como nos habíamos imaginado. Pase y siéntese… si puede. Por favor, no coja ninguna silla más y la estampe contra la pared: hace un ruido muy desagradable y quizás los vecinos no tengan por qué enterarse de que está usted completamente borracho.
- Tiene usssssssssssssssssssted toda la razón. ¿Querían mi esssssssssssssssperma, no? Aquí essssssssssssstá – y le entregó un pequeño bote a Deltono, que éste guardó en un cajón con sumo cuidado, no fuera a derramarse.
- Perfecto, y ahora que ya estamos todos y tenemos su esperma en un bote, creo que podemos dar por concluida nuestra velada. ¡Ah!, por cierto: señor Henry, Jenny Pumpkin; Jenny Pumpkin, el señor Henry. Ahora, adiós y buenas noches. Y recordad: tened mucho cuidado con el perro, podría leeros la mente.

Jenny y Henry se miraban recelosos mientras caminaban calle abajo, pero algo en sus barrigas les decía que no estaban con una persona cualquiera: la barriga de Jenny también le recordaba que al final no había cenado; y a Henry la suya le decía que quería vomitar. Después de hacer un alto en el camino para cenar y de otro para vomitar, o viceversa, Jenny y Henry se enfrascaron en un interrogatorio mutuo de insospechado desenlace:

JENNY – No me gustan las novelas musicales.
HENRY – A mí me encanta la palabra “pera”.
JENNY – Soy vegetariana por parte de madre.
HENRY – Nunca he estado en Moscú, pero he visitado el Kremlin.
JENNY – Tengo seis dedos en un pie, o quizás siete.
HENRY – Me asusta la televisión.
JENNY – Me gusta correr desnuda por la montaña.
HENRY – No sé leer.
JENNY – Creo que el hombre es el peor ser vivo sobre la corteza terrestre.
HENRY – Creo que la mujer es el peor ser vivo sobre la corteza terrestre… (y los dos se miraron a los ojos, largo rato, quizás durante una hora, o quizás durante dos).

Huelga decir lo que pasó a continuación, y como huelga decirlo, será mejor que no lo hagamos. En su lugar, diremos que una noche de agosto, mientras el hijo adoptivo de Eric y su marido jugaba en el jardín de casa, un avión privado surcó el cielo desprendiendo un nauseabundo olor como de gasolina quemada. El olor, en efecto, lo provocaba la gasolina que, mientras volaba, se iba quemando calladamente en el motor del ala derecha. Tanta gasolina se llegó a quemar que el motor explotó, reventando la parte trasera del avión, y la del medio, y la delantera, y hasta cualquier otra parte que el ingeniero hubiera querido inventarse. En el avión, pilotado por un extrovertido asesino en serie, viajaban Orlando, y la madre de Jenny, y la “Srta. Marta”, y hasta el pobre Bron Bronkiuster, que aunque no merecía una muerte tan espantosa, tuvo la equivocada idea de coger el mismo avión que Jenny y Henry, famosos terroristas internacionales, habían saboteado la noche anterior.

DAVID BOMBAI

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