Donna Leon (Nueva Jersey, 1942) es pequeña, delgada, vigorosa y dicharachera a partes iguales.
La autora de novela negra, madre de la saga del comisario Guido Brunetti -cuya vigésima aventura empezará a preparar en septiem-bre-, arrancó ayer en la Universidad Menéndez Pelayo el curso Escribiendo novela policiaca, que ayer se dedicó a debatir sobre las razones de éxito del género.

No se habló de él en la sesión, pero Leon no comparte la popularidad del autor más afamado del momento. Primero se cubre: “Tengo que ser muy cuidadosa con lo que digo porque si critico un libro siempre suena a celo profesional”. Después se sincera: “Leí el primero, Los hombres que no amaban a las mujeres, y pensé que era patológicamente malo, principalmente porque su actitud es un agravio al amor humano, a las relaciones humanas. Todos los contactos sexuales son violentos o fuera de límites, no hay pasión en el libro, tan sólo pasión por violencia o por venganza”.

La autora confiesa que no llegó a terminar el primer libro de la trilogía Millenium: “Por la repugnancia que me producía. No hay calidez humana, los sentimientos son ajenos a mí”.

La escritora se refiere al éxito del noruego (”Sé que se le considera un genio, que ha vendido más libros de los que yo venderé en mi vida y siento mucho que haya muerto tan joven; seguro que era un buen hombre”) en un rotundo: “No lo entiendo. Bueno, sí. Y ese éxito me asusta”.

Dejando a un lado la saga más vendida del momento, Leon cree que estamos en “un momento muy rico para la novela negra”. Es bueno porque los ingleses y americanos ya no dominan el género y “autores de otros países están demostrando lo buenos que pueden llegar a ser”. Una calidad que encuentran, asegura la autora, porque el género da a la gente lo que no tiene en su vida: “Les explica por qué pasan las cosas, por qué suceden los crímenes y éstos se resuelven. Se descubre quién lo hizo, quién es el responsable, y la persona es castigada. Y eso no ocurre en la vida”.

No obstante, afirma que ahora las obras reflejan que, a veces, el culpable es pillado, pero penado: “Antes, el malo siempre iba a prisión, como en Agatha Christie. Hoy, sin embargo, frecuentemente el malo es descubierto aunque no castigado. Los grandes no van a la cárcel; los pequeños, sí”.

La dama de la novela negra y social, como se le llama, afincada en Venecia, no está contenta con la adaptación que la televisión alemana ha hecho de las aventuras de Brunetti. “He visto dos capítulos y en un momento aparece una viejecita dulce de 90 años que viene de la residencia de jugar al bridge“, que resulta ser la madre de Brunetti. “¡Pero si la última vez que la vi era una loca con alzhéimer!”. Sin embargo, es posible que confíe de nuevo en la pequeña pantalla y deja caer: “La BBC está rascando la puerta”. Y aunque acaba de publicar La otra cara de la verdad, ya piensa en la nueva entrega.

Texto reproducido íntegramente de El País, edición digital. 11/08/09

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El Dr. Maxwell Cochambre sigue sin entender por qué su paciente Nick Valydon, al salir de la consulta, le ha gritado “¡Masturbarse no es pecado!”, si durante dos horas han estado hablando de su imposibilidad para acabar puzzles de 1000 piezas. Acabar un puzzle no es tarea fácil, pues entran en juego un millón de factores:

a) Es importantísimo no perder el ánimo si después de 5 años con la misma pieza, aún no has conseguido averiguar dónde colocarla.
b) Si te arroya un caballo, no dejes que eso te influya: es Dios, que quiere desconcentrarte.
c) Cocinar, hacer el amor y tripular un submarino atómico no son tareas compatibles con nuestra empresa.
d) Ser rematadamente feo no implica ser negado para hacer puzzles de 1000 piezas, ni de 2000, ni de 5000.
e) Es importante entender que un puzzle no es una alcachofa, por lo tanto, no lo trataremos como tal.
f) Si al acabar, te sobran piezas, no te engañes: no has acabado.
g) Siempre intentaremos hacer puzzles cuya facilidad sea manifiesta. Quedan descartados, por tanto, puzzles sobre el universo, el mar, el cielo y los parques de bomberos.
h) En caso de optar por un puzzle sobre el universo, el mar, el cielo o los parques de bomberos, hay que proveerse sin duda de un revólver calibre 44 para volarnos la tapa de los sesos cuando el sufrimiento alcance su cenit más alto.
i) En el apartado i no pondremos nada.
j) En el j, tampoco.
k) Sitúa tu proyecto de puzzle sobre una superficie plana. Quizás este sea el único consejo que valga la pena de esta, por otra parte, importantísima lista.
l) En un ataque de ira, tirarlo por la ventana no ayudará a su finalización.
m) Piensa que esto es sólo una afición: nadie te pagará por ello. Si esa era tu motivación principal, ya puedes ir cargando tu 44.
n) ¡Ánimo, esfuérzate más! Piensa que el día que acabes tu puzzle dejarás de necesitar asistencia psiquiátrica.
o) Tu puzzle es más importante que cualquier otra cosa en este mundo. Puedes abandonar tu empleo y hasta a tu pareja, pero jamás desistas de colocar la última pieza
p) El tabaco no interfiere en nada nuestra tarea. Si lo deseas, no lo dudes: sigue fumando.
q) No confundas el hacer un puzzle con atracar un supermercado.
r) Hay gente a la que no le gustan los puzzles. Asúmelo y deja de dispararles.
s) “Puzzle” se escribe con dos zetas, no con una zeta, ni con tres zetas. Con dos zetas. Que esto quede muy claro.
t) Si la Tierra deja de girar y el Sol deja de darnos calor, ya te puedes ir dando prisa en acabarlo.
u) Destruye cualquier documento que te relacione con Adolf Hitler. No te ayudará a acabar tu puzzle, pero conseguirás que no te detengan.
v) La Toscana es un lugar muy bonito para ir de vacaciones con la familia.
w) Pueden darse varias razones para que una pieza no encaje: puede que sea de otro puzzle, puede que sea una tuerca o puede que sea un riñón extirpado. No hay más.
x) No tienes por qué empezar por la pieza número uno. Esto es muy importante, más que nada porque las piezas no están numeradas.
y) Hay infinidad de grandes novelas que hablan de puzzles, como “Los miserables”, “Guerra y paz” o “Madame Bovary”. Si las lees, quizás aprendas algo de ellas.
z) Finalmente, no te desanimes: no está comprobado que Marlon Brando haya acabado nunca ningún puzzle, y no por ello deja de ser una celebridad.

Cuando Nick Valydon colocó la primera pieza del puzzle que acabaría con su vida, él ya era consciente de todo esto.

Nick vivía con su mujer y sus tres hijas en una hermosa casa con jardín a las afueras del estado de Oklahoma, en el imaginario pueblo de Puckaspukee. Vivir en un pueblo imaginario no es algo tan fácil: para empezar, cuesta una barbaridad hacer creer a la gente que en efecto vives ahí. Puckaspukee era un pequeño pueblo de unos 2.000 habitantes que cada año, por Navidad, celebraba un torneo de squash para mapaches que reunía a cientos de ellos, dispuestos a dejarse la piel en el campo. Cuando acababan los festejos, los mapaches se abandonaban a una orgía de violencia con los habitantes, que muchas veces acababa con la aniquilación de estos simpáticos animalitos. Nick fue uno de los fundadores de tan animado torneo, así como de la destrucción de cualquier edificio histórico o del asesinato de todo hijo primogénito nacido en o cerca del pueblo. Nick, por tanto, era un hombre muy querido en su comunidad: siempre tiraba la basura en el jardín de su vecino, prometía cosas que no cumplía y no dejaba que las ancianitas se le adelantasen en la cola del supermercado. Precisamente haciendo cola, pero para comprar una entrada de cine, Nick se topó con la que sería su mayor afición: el coleccionismo de falanges, que abandonó cuando descubrió que en algunos estados (no en todos, por supuesto) esto podía ser un delito, sobre todo cuando las cortaba con saña y sin permiso del propietario. Fue entonces cuando, un caluroso día de primavera, decidió entrar de lleno en el apasionante y sangriento mundo de los puzzles.

Su primer puzzle finalizado constaba de 50 piezas, y representaba a los cuatro jinetes del Apocalipsis arrasando París: todos se asombraban de que, en un puzzle tan reducido, se mostrase con tanto detalle la mediocridad del ser humano. No tardó más de 5 días en acabarlo, y creyó por tanto haber encontrado un nuevo filón de entretenimiento.

Su siguiente puzzle fue de 200 piezas, un considerable aumento en el nivel de dificultad, y en él se podía apreciar cómo el ejército ruso abandonaba Afganistán por la puerta de atrás: en el puzzle sólo se veía la puerta (chiquitita y de madera), pero todo lo que significaba era tan abrumador para Nick que al colocar la última pieza rompió a llorar desconsoladamente.

El tercero era una réplica de “El grito” de Munch y tenía 500 piezas. Le pareció extraño y excitante que tantas piezas cupieran en el tamaño de un sello postal, así que se lanzó a tan suculenta aventura de cabeza y sin flotador. Echó de menos no haber tomado más clases de natación durante la escuela y a punto estuvo de ahogarse de no ser por un carguero soviético que lo rescató en pleno océano Atlántico. Los rusos le dieron comida y vodka en abundancia, y él se lo agradeció incendiando el barco y mandando detener a todos sus tripulantes. Años después, uno de los rusos le envió esta intrigante misiva: “Te vamos a matar por lo que nos has hecho”. Nunca llegó a descifrar el críptico mensaje, ni siquiera cuando alguien que no paraba de repetir “¡_____!” se abalanzó sobre él con un machete de 15 centímetros que pretendía clavar entre la primera y la segunda costilla del lado derecho de su, por otra parte, fornido tórax.

El cuarto puzzle que Nick comenzó y acabó representaba a Jean-Luc Godard durmiendo la siesta y lo formaban 700 soporíferas piezas, todas ellas con una intensísima sensación de aburrimiento y desánimo que a punto estuvieron de conseguir que nuestro héroe abandonara tan divertido pasatiempo. Por suerte, no lo consiguieron y Nick terminó el soñoliento puzzle justo la noche de su 30 cumpleaños, noche en la que su mujer Felicia le regaló el, para su desgracia, funesto quinto (y primer) puzzle de 1000 piezas.

El quinto puzzle de Nick llevaba por título “Vas a morir si no lo acabas” y nada hacía presagiar que algo malo le pasase de no finalizarlo con éxito. Felicia lo compró en una siniestra pero divertidísima tienda de la calle Crimen y castigo, justo a las 13:13 horas de la tarde. La tienda tenía el nada preocupante nombre de “Cosas que te pueden matar” y su dueño, un caballero que no entrañaba peligro alguno más que el de ser un conocido asesino en serie, le dio este grato consejo, que ella recibió con una luminosa sonrisa: “Si adquiere este puzzle, un ser querido perderá la vida”.

Felicia recorrió alegre las imaginarias calles de Puckaspukee con el nuevo puzzle bajo el brazo, mientras se hacía la siguiente y extraña pregunta: “Si vivo en un pueblo imaginario, ¿quizás yo también sea el fruto de alguna invención?”. A este pensamiento no le dedicó más de 0,5 segundos, justo el tiempo que se tarda en leerlo, y continuó el camino hasta su casa con el ánimo renovado y el andar travieso típico de una esposa enamorada.

En el hogar, sin poder esperar ni un solo segundo, premió a su treintañero marido con el ansiado regalo y éste abrió la caja con tal ánimo que desperdigó las piezas por todos los rincones del salón. Tardaron seis meses en volver a juntarlas y poder tener opción así de dar inicio a tan lúgubre puzzle de 1000 piezas exactas, ni una más, ni una menos, 1000 y sólo 1000, y que el cielo se abra si este cronista no dice la verdad.

Nick puso la primera pieza y desde ese momento ya no pudo continuar. Según el dibujo de la caja, el puzzle representaba a la Muerte pidiendo la vez en la pescadería, pero para su sorpresa, todo parecía igual, completamente negro. No sabía por dónde continuar, y eso que le ponía interés, pero nada: era un trabajo de chinos imposible. Tres años más tarde, Nick aún seguía sólo con la primera pieza y todos sus vecinos del imaginario Puckaspukee aguardaban a la puerta de su también imaginaria casa, temiendo que el bueno de Nick, su vecino más querido y admirado, pusiese fin a su vida por culpa de una estúpida afición. Felicia tampoco estaba menos preocupada: ver a su marido cada día, sentado, devanándose los sesos por averiguar qué pieza encajaría con esa primera y no poder conseguirlo, le provocaba un negrísimo pesar.

Nick, tan triste como un león en el zoo, se dio por vencido y guardó todas las piezas en la caja; después, cogió la caja y la encerró en un armario, castigada sin postre y sin televisión. Bueno, miento al decir que guardó todas las piezas, porque la primera pieza, aquella que colocó y a la que jamás pudo encontrar una hermana, la dejó donde estaba como signo de su derrota. Desde ese momento, cada día que pasaba cerca de ese pequeño trocito de cartón negro como las profundidades del mismo Infierno, creía oír una pequeña risita de satisfacción y, ¿por qué no decirlo?, de maldad. ¿Sería posible que esa pieza se burlase de su incapacidad de hacer un simple puzzle, un juego de niños intrascendente? Eso alteraba sobremanera al pobre Nick, hasta el punto que no le dejaba dormir, ni le dejaba comer, ni le dejaba querer a su mujer, ni divertirse con sus hijas. Él sólo podía pensar en lo bien que se lo estaba pasando aquella pieza sobre la mesa del comedor riéndose de él.

Felicia, intentado aportar una solución, le dijo “¿Por qué no la guardas con las otras y te olvidas?”, pero eso empeoró todavía más la situación: Nick prohibió que cualquier miembro de la familia guardase, tirase o siquiera tocase la maldita pieza, bajo pena de muerte. La situación en casa se enrareció violentamente, con sospechas y dudas entre ellos, continuamente, con miedo a Nick, pero sobre todo, lo más extraño, con un terror indescriptible hacia la negra pieza.

Pasaron días, y luego pasaron semanas, y más tarde se completaron meses, y años, y la pieza seguía sobre la mesa, partiéndose de la risa. Y cada día que pasaba, cada semana, cada mes, cada año, Nick parecía más desquiciado, sumido en una depresión absurda por ser incapaz de acabar un puzzle de 1000 piezas; y lo que es peor, apartado de su familia, encerrado en sí mismo bajo siete llaves y cincuenta candados. Felicia, creyendo tener la solución, le regaló a Nick por su 40 cumpleaños otro puzzle de 1000 piezas, en apariencia mucho más fácil, para que éste lo acabara y terminara de una vez con tan fatigoso penar. Este nuevo puzzle era todo lo contrario al anterior: fue abrir la caja y oírse una música celestial, que parecía cantada por ángeles anunciadores, con trompetas y arpas melodiosamente afinadas. Felicia lo compró en una tienda nueva, “La Gloria de Dios”, regentada por un grupo de ancianas, antiguas monjas, que habían colgado los hábitos para ganar algo de dinero con productos lúdicos caseros que hacían ellas mismas en, eso, sus casas.

Sin embargo, algo pasó: otra vez, fue colocar la primera pieza, blanca como la nieve, y no poder más. De nuevo, todo el puzzle era igual, todo del mismo inmaculado color, con lo que continuar se hacía una empresa harto complicada. Nick miró a Felicia, con una melancolía pueril en su rostro, y le dijo a su mujer, casi a punto de llorar: “No puedo”.

Felicia cogió al bueno de Nick de la mano, se lo llevó al sillón, en donde lo sentó con cuidado, y luego, con una tristeza comparable a la de su esposo, guardó todas las piezas del nuevo puzzle… Todas menos la primera, que colocó junto a la pieza negra, la desencadenante de toda esta desgracia, para que las dos se rieran juntas de su desafortunado marido.

Desde ese día, las dos piezas, la blanca y la negra, observarían graciosas, estiradas a gusto sobre la mesa del comedor, el día a día de esa familia que habían destrozado: verían a Nick tomando su medicación para superar la depresión, y a Felicia preparando el desayuno de sus hijas, y a las niñas jugando con sus muñecas sobre la alfombra. Con el tiempo también fueron testigos de cómo Nick, gracias a la inestimable ayuda del Dr. Cochambre, superaba al fin el mal trago; y de cómo Felicia encontraba un nuevo trabajo imaginario mejor remunerado; y vieron a la hija mayor ir a la universidad; y opinaron sobre el primer novio de la hija mediana; y ayudaron con sus deberes a la hija pequeña. Años más tarde, viejas y ajadas, verían como, una a una, las hijas iban desapareciendo de la casa para probar suerte en otros pueblos imaginarios; y conocerían al primer nieto de Felicia y Nick; y estarían presentes el día en que el propio Nick dejaría esta vida, tranquilamente, acostado en su cama. Pero eso fue muchos años más tarde, tantos años que ya nadie reparó en que ellas, inmóviles, aún seguían ahí.

DAVID BOMBAI

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Transcurridos siete años desde su fracasado matrimonio, Jenny Pumpkin regresa a casa después de otra cita aburrida y, por supuesto, dramáticamente fallida: en esta ocasión, el interfecto le ha propuesto mantener relaciones sexuales poco después de pedir el primer plato, lo que le ha agriado considerablemente el resto de la cena. Normalmente, se suelen esperar, como mínimo, al segundo.

Jenny no entiende cómo pueden ser los hombres tan rematadamente estúpidos, pero más o menos se hace una idea si recuerda lo imbécil que llegaba a ser el que un día fue su marido. Orlando tenía la graciosa manía de manchar de barro las sábanas del lecho conyugal, y de criticar a Mozart por “sus coqueteos con la bossanova”, no entendía por qué el agua necesitaba de una determinada temperatura para romper a hervir (“Que hierva cuando quiera, ¿no?”), y definitivamente su cerebro no llegaba a comprender que hubiese una ciudad en Europa a la que alguien, con muy mala idea, había decidido llamar Frankfurt (por razones evidentes). En cambio, jamás se preocupó por entender las tres leyes de Newton, ni cómo se hace una declaración de la Renta, ni qué aspecto tiene un regalo de cumpleaños que se le hace a otra persona. No obstante, lo que más le molestaba a Jenny de Orlando era que soliese pensar en otras mujeres cuando hacían el amor, e incluso, casi le molestaba de igual manera que de hecho también se acostara con ellas.

Orlando salió de la vida de Jenny igual que entró, disfrazado de Popeye y gritando “¡Basta ya de cine político!”, hecho que Jenny agradeció y hasta aplaudió: para ella, Orlando siempre había sido muy divertido.

Ahora, después de tres años y cuatro meses de matrimonio, y cinco más de relación, Jenny Pumpkin volvía a ser una mujer libre para hacer cuanto se le antojase, como un viaje al Tíbet, una colección de cromos de coches de carreras o para despotricar de los fans de “El señor de los anillos”.

Esperando su momento de inspiración, cogió una maleta y se fue al fin del mundo en autobús: la línea que llega hasta él se detiene en Nueva York, pues es sabida por todos la manía de los norteamericanos de creer que en su país empieza y acaba cualquier cosa. A orillas del Atlántico, Jenny reflexionó sobre su futuro y pensó que su pasado no había sido más que una broma de mal gusto, y encima carísima: a Orlando le encantaba desayunar caviar con magdalenas los domingos, mientras leía el periódico deportivo. Orlando también era aficionado al golf con pelotas de oro macizo, a la lucha libre con vestidos de Armani y a la escritura automática con tinta china sobre sillones Chippendale. A Jenny siempre le pareció que todo eso era tirar el dinero, pero también era la única forma de que su marido no se pasase todo el día llorando y ensuciando pañuelos de seda de 400 dólares.

Contemplando con nostalgia (y en un plano americano que le coge hasta las rodillas) la Estatua de la Libertad, Jenny se dio cuenta de que jamás había conocido el amor de verdad: ya de Orlando nunca creyó estar enamorada del todo, así que ahora que habían finalizado su relación, con más razón ansiaba encontrar ese fuerte sentimiento que, desgraciadamente para ella, aún desconocía.

Se dio a sí misma el exacto período de 2.556 días para encontrar al hombre perfecto que la convertiría a ella, a su vez, en la perfecta mujer: según su madre “ninguna mujer debería vagar sola por ahí sin un hombre que la proteja”, y eso llegó a creer ella también. Y por supuesto, asistir en primera persona al final de su matrimonio con Orlando era quizás lo más horrible que le podía a pasar en esta, por otra parte, maravillosa vida.

… Ahora que lo pienso: no he mencionado la profesión de Jenny, lo que sin duda nos dará una idea bastante definitiva de cómo es ella en realidad. Jenny, aunque su matrimonio estaba basado en una mentira, aunque está convencida de que todo este tiempo al lado de Orlando ha sido tiempo perdido, aunque cree firmemente que un buen hombre es un hombre muerto, es compositora de canciones melódicas, todas ellas con el amor como tema principal. Todos sus temas tiene como protagonistas a parejas que se aman hasta el fin de sus días, ya sea antes de tiempo como Romeo y Julieta, o al borde del ingreso en el geriátrico, como en “Los puentes de Madison”.

Jenny era autora de piezas tan empalagosas como “Te digo “Te quiero” aunque me duele la barriga”, “El amor y tú: una sola cosa” o “Cuánto amor me llevo, cuánto amor me llevo; Vale, pero no te lleves también mi cartera”; y de canciones con un cierto punto crítico como “Esto que llamas amor, ¿no será cáncer?”, “Voy a vomitar de sólo pensar que nos vamos a acostar” o “Te mataré si te quedas con la casa en los Hamptons y con el piso del Greenwich Village, hijo de mala madre”. Estas, por cierto, serían el fruto de su última etapa, la posterior a su traumático divorcio.

De todas formas, para bien o para mal, ese era su trabajo, y si quería conservar su nivel de vida, tendría que mantenerlo a toda costa. Evidentemente, para una persona que ya no cree en el amor bajo ningún concepto, escribir temas como “Te amo, no me dejes nunca, jamás te dejaré, eres el amor de mi vida” (nº 75 en el Billboard) no era tarea fácil.

Los cantantes que la contrataban para que les compusiera sus nuevos discos, futuros números uno en las listas de éxitos, se horrorizaban al tener que entonar temas como “Sucia rata, espero que mueras estéril y solo” o “Eres tan despreciable como tu padre, quienquiera que sea”. Mucho duró esta situación hasta que Jenny se dio cuenta de que podía hacer canciones igual de hermosas pero con el desamor como telón de fondo. Así aparecieron temas menores pero decentes como “Me dejas, yo sigo adelante” o “¿Esto es Wisconsin?, porque si lo es, tengo que dar una conferencia”. No obstante, era evidente que Jenny había perdido su garra. Tenía que volver a creer en el amor como fuera.

Su manager, Eric Deltono, preocupado por “su inversión”, le preparó a Jenny una serie de citas con hombres maduros algunos, demasiado jóvenes otros, y rematadamente psicóticos la mayoría, que poco ayudaron a que su ilustre representada encauzara de nuevo el sendero del romance amoroso. Jenny los calificó a todos de “pueriles” y dio un portazo que le dolió a Deltono en lo más saliente de su, por cierto, feo rostro: la puerta se encontró de lleno con su horrible olfato para las relaciones humanas. La verdad es que Deltono no tenía ni idea de cómo era Jenny en realidad, con lo que difícilmente iba a poder conseguirle un hombre a su altura.

Eric Deltono buscó por todos los bares de la ciudad (incluso en aquellos cuyos cristales estaban lo suficientemente limpios como para poder ver su interior), y en ninguno de ellos dio con un tipo que pudiera satisfacer lo más mínimo a Jenny: a todos les fallaba algo, desde la pierna de madera del bueno de Buck, al ojo de cristal del antiguo domador de leones Cletus MacMahon, o incluso a la reconstrucción en hojalata del tórax de Tico Mackintosh, un extrovertido piloto de avión, además de asesino en serie. Deltono era incapaz de encontrar a uno sólo al que Jenny no pusiera pegas. “Esta chica es demasiado exigente”, se decía para autoconvencerse de que sus esfuerzos llegarían finalmente a buen puerto. Jenny, en cambio, lo que decía para autoconvencerse de que no necesariamente todos los hombres del universo eran unas criaturas mediocres y abominables era que “el universo, gracias a Dios, es endemoniadamente grande”.

Y en efecto, así era: el universo tiene una longitud de billones de años luz (eso si no resulta ser infinito), albergando en su sino un número indefinido de galaxias que a su vez contienen una cantidad no inferior a 100.000 millones de estrellas cada uno, seguramente muchas más. Por tanto, sí, el universo que Jenny soñaba era tan gigantesco que la cantidad de varones que podía encontrar en él ni siquiera podía calcularla. Aún había esperanza: de lo único que estaba segura era de que, fuera como fuese, el hombre que ella estaba esperando no vivía en Queens.

Puso de nuevo tierra de por medio y llegó a una pequeña ciudad del sur de México, en donde un anciano con una raqueta de tenis la invitó a “tocar unas cuantas bolas”, lo que ella rechazó por completo. Cuando el anciano se excusó y le explicó que lo que en realidad quería decir era que le parecía una mujer muy inteligente, Jenny se lo pensó mejor y aceptó acompañar al viejo durante una tarde entera y 50 minutos. Poca cosa pasó durante la tarde, pero los 50 minutos siguientes fueron de infarto: el viejo le desveló a Jenny el sentido de la vida, la fórmula de la Coca-Cola, por qué los peces no tienen memoria, el código genético con un porcentaje de error +/- del 0,8%, cuál era la comida rápida favorita de Hernán Cortés y cuántas mujeres hacen falta para cambiar una bombilla (esto último, un chiste horrendo que puso a Jenny de bastante mal humor). El abuelo volvió a excusarse (esta vez por su mal gusto en cuanto a chistes), le regaló un pequeño mapache que Jenny aceptó y acabó su extraordinario encuentro con una frase que ella jamás olvidará (por lo menos, hasta que acabe el cuento): “El hombre que te ame, será un hombre de lo más correcto; el que no lo haga, no lo será; y guárdate de todo aquél que quiera mostrarte el Gran Cañón del Colorado en formato panorámico 2:35”.

Si tengo que ser sincero, de hecho antes de llegar a México un señor bajito, calvo y con bigote ya le propuso a Jenny ver el Gran Cañón en formato ancho y ella aceptó, debido a lo interesante del ofrecimiento. De todo ello, Jenny dedujo que ver el Gran Cañón en 2:35 es una experiencia que ningún ser humano muerto debería perderse. Tanto le impactó su visión, que escribió una canción sobre el particular, “20 dólares no es dinero”, en cuya sexta estrofa se apreciaba una ligerísima y somera referencia a tan impresionante acontecimiento.

En cualquier caso, nada de lo que había hecho hasta ese momento le había propiciado un amante en condiciones (en condiciones para amarla, se entiende). Lo único que había sacado era un terrible dolor de cabeza y pelos de mapache por toda la ropa. Eric Deltono se puso en contacto con ella para asegurarle que había encontrado al hombre de su vida, pero se desanimó cuando vio que esto era literalmente cierto: Deltono en efecto había encontrado al hombre de su vida, pero de la suya, es decir, de la de Deltono: era guapísimo, esbelto, creativo y con un juego de piernas digno del mejor boxeador de Las Vegas. Y, además, para colmo, estaba locamente enamorado del agente de Jenny, lo que lo convertía en un futuro marido con poquísimas posibilidades. De todas maneras, Jenny se alegró por Eric y les deseó un futuro juntos lleno de vino caro y ensaladas de rúcula. Desgraciadamente, ese era el único deseo hermoso que ahora mismo se le podía ocurrir.

En la fiesta de pedida (de pedido, mejor dicho), Jenny conoció a Bron Bronkiuster, un admirador febril de la Zarzuela, del tomate de huerto y de las películas románticas que acaban mal. Precisamente, esa adoración suya por el cine lacrimógeno fue la que lo incitó a enamorarse perdidamente de Jenny, de la que no conocía más que su nombre. Creyó que juntos vivirían la más intensa historia de amor jamás soñada, y que cruzarían el mundo entero, y que nunca nadie sería capaz de separarlos. Y esto fue verdad durante 99 minutos, exactamente lo que dura “Love Story”: cuando acabó la película, Jenny se levantó y huyó despavorida al ver el mar de lágrimas en el que se habían convertido los ojos de su exageradamente sensible enamorado. Bron lloró aún más al ver cómo Jenny se alejaba, sin dejarle ni una dirección postal a la que escribir y enviar afectadas misivas de amor no correspondido.

Jenny corrió hasta que las piernas le dijeron basta y su corazón gritó “¡Pamplona!” y allí se quedó. Se sentó en un bordillo y recapacitó sobre todo lo que le estaba pasando, y en lo mal que lo estaba llevando. Se dijo a sí misma que la única forma de encontrar a alguien que la quisiera (y que no fuese un patético hombre llorón) era dejando de buscar. Se dio cuenta de que la única forma de disfrutar de lo que le quedaba de vida (exactamente 10.897 días) era no preocupándose por algo tan inútil e inservible como es un varón y todo lo que representa. Se dijo a sí misma que no entendía según qué discos de los Beatles, sobre todo el “White Album”, y que nunca más volvería a sentir pena por su situación. Convino a decidir que estaba mucho mejor de lo que todo el mundo decía, además de ser una de las mujeres más atractivas de todo Wichita. Se afirmó a sí misma que su madre estaba equivocada y que su exmarido Orlando jamás debió de haberle tocado ni un solo pelo de su preciosa cabellera de mujer aguerrida. Se dijo que hasta el universo, del cual dudaba aún de su extensión, se le iba a quedar pequeño de lo lejos que pensaba llegar.

Sus canciones fueron entonces si cabe más acarameladas y dulzonas que nunca. El amor era ahora para ella un sentimiento del que se podía despachar a gusto. Ya no necesitaba creer en él para nada, porque de nada le había servido. Eso le permitía afrontar la situación con la cabeza fría y sin precipitaciones (sólo un ligero viento racheado proveniente del norte, y algo de niebla por la mañana). Cuando veía a un hombre cuyo interés despertaba en ella al enanito de la curiosidad, se decidía a investigarlo. Cuando, después de tres cenas y un encuentro amoroso, veía que ya no había más tierra en la que escarbar, le escribía una bonita canción que normalmente titulaba “Adiós, has sido muy amable, y además hueles bien” o “Encantada, ya puedes recoger tu ropa y largarte”. Ellos leían la canción una y otra vez, intentando encontrarle un sentido oculto, pues siempre creían que en ella se ponía en duda su hombría, y nunca giraban el papel, en donde tenían la respuesta a la cuestión que tanto les acongojaba: “En serio, ha sido una velada agradable, pero no vuelvas a llamarme”.

Entonces, Jenny sí que vivía bien: cada mañana se despertaba con una sonrisa de oreja a oreja, que le duraba hasta que se acostaba. Cuando se duchaba, lo hacía con esa sonrisa (a veces, incluso sólo con ella, pues se olvidaba de abrir el grifo, de lo contenta que estaba); y cuando comía, también (a veces resultaba un poco embarazoso para sus comensales, pues era extremadamente desagradable el ver cómo toda aquella comida se escapaba de entre sus dientes); aquella sonrisa también la acompañaba cuando compraba el pan; y cuando veía la televisión; y cuando releía “Madame Bovary”. Y lo más importante era que aquella sonrisa permanecía impertérrita hasta cuando iba de visita a la casa de su madre, esa mujer que seguía convencida de que la disoluta vida de su divorciada hija (“¡Algo habrás hecho para que te abandone!”) la llevaría por el camino de la amargura, o en el mejor de los casos, a la tumba prematura. Ya nadie convencería a la vieja de que su hija, de encontrar otro marido (“¡Dios lo permita!”), vería sus pecados actuales recompensados con otro matrimonio destrozado.

Pero la sonrisa seguía ahí, permanente como el rimel de 500 dólares que se dio el gusto en comprar. Y los hombres seguían apareciendo y cayendo semanas después como guerreros en la contienda. Unos duraban más que otros, pero todos, tarde o temprano, acababan desvelando su horrenda forma de ser. Unos simplemente la querían para que contribuyese económicamente en su futura empresa de forjados metálicos; otros para que les pagase la comida, les dejara ducharse y ver la final de liga en su televisor; otros creían que les conseguiría un pase privado para el concierto de esa noche; y los más sinceros sólo querían acostarse con ella. Ella aceptaba los términos porque, al fin y al cabo, también eran los suyos; no necesitaba nada más. Sólo quería que la dejasen tranquila, a sus anchas en la cama, y que cuando cerrasen la puerta de la habitación no hiciesen demasiado ruido.

Eric Deltono, preocupado porque las canciones de su representada comenzaban a tener los difícilmente comerciales títulos de “Ahora sí que vais a saber lo que es una zorra vengativa” o “Tú sigue riendo, que mañana aparecerás muerto en la cama”, intentó entender qué era lo que pasaba por la cabeza de Jenny. Ella se empeñó en decir que nada, pero cada vez que lo decía, menos calmado estaba Eric y más angustiado se sentía. Después de un resfriado que lo mantuvo en cama durante dos semanas y un día, Eric tuvo una revelación: recordó el artículo de un periódico que hablaba de un científico loco que, según él, había creado a la mujer perfecta (sin cerebro ni pasión por las rebajas) y cuyo invento le había abandonado por un perito agrónomo de tercera generación. Eric pensó que si había alguien en el mundo tan desencantado del género contrario, ese era él. “Tienen que conocerse”, se dijo, y escribió la siguiente carta:

Querido científico chalado,

Sabiendo que es una persona tan detestable como incoherente, me permito el placer de invitarle a cenar esta noche en mi casa, en compañía de mi marido boxeador y de mi insensible y fría representada. Tranquilo, no queremos de usted más que su esperma.

Afectuosamente,

Eric Deltono, agente de artistas.

Henry leyó la carta y pensó que no debía de ser tan mala idea si el cartero no había muerto al depositarla en el buzón: Henry tenía la cualidad de aceptar proposiciones siempre que los mensajeros no murieran durante la entrega. Se puso sus mejores galas (su mono vaquero de 1977) y acudió a la cita, tres horas tarde y con la barriga llena: de camino, paró en todas las hamburgueserías de la ciudad para probar la especialidad de la casa y el batido del día.

Deltono, su marido y Jenny le esperaban con una falsa sonrisa en el semblante (debida a la educación católica que les impedía despotricar delante de la gente), que cambiaron enseguida al ver cómo el invitado se tambaleaba de un lado a otro, rompiendo jarrones y tirando cuadros al suelo: en el camino también se había topado con unas cuantas tabernas del siglo XVIII, que por lo curioso de la propuesta, se vio obligado a visitar.

- Buenas nochesssssssssssssssssss – dijo Henry, haciendo la “s” tan larga como le permitió el eructo que vino a continuación.
- Buenas noches, señor Henry – afirmó Deltono - Es usted tan desagradable como nos habíamos imaginado. Pase y siéntese… si puede. Por favor, no coja ninguna silla más y la estampe contra la pared: hace un ruido muy desagradable y quizás los vecinos no tengan por qué enterarse de que está usted completamente borracho.
- Tiene usssssssssssssssssssted toda la razón. ¿Querían mi esssssssssssssssperma, no? Aquí essssssssssssstá – y le entregó un pequeño bote a Deltono, que éste guardó en un cajón con sumo cuidado, no fuera a derramarse.
- Perfecto, y ahora que ya estamos todos y tenemos su esperma en un bote, creo que podemos dar por concluida nuestra velada. ¡Ah!, por cierto: señor Henry, Jenny Pumpkin; Jenny Pumpkin, el señor Henry. Ahora, adiós y buenas noches. Y recordad: tened mucho cuidado con el perro, podría leeros la mente.

Jenny y Henry se miraban recelosos mientras caminaban calle abajo, pero algo en sus barrigas les decía que no estaban con una persona cualquiera: la barriga de Jenny también le recordaba que al final no había cenado; y a Henry la suya le decía que quería vomitar. Después de hacer un alto en el camino para cenar y de otro para vomitar, o viceversa, Jenny y Henry se enfrascaron en un interrogatorio mutuo de insospechado desenlace:

JENNY – No me gustan las novelas musicales.
HENRY – A mí me encanta la palabra “pera”.
JENNY – Soy vegetariana por parte de madre.
HENRY – Nunca he estado en Moscú, pero he visitado el Kremlin.
JENNY – Tengo seis dedos en un pie, o quizás siete.
HENRY – Me asusta la televisión.
JENNY – Me gusta correr desnuda por la montaña.
HENRY – No sé leer.
JENNY – Creo que el hombre es el peor ser vivo sobre la corteza terrestre.
HENRY – Creo que la mujer es el peor ser vivo sobre la corteza terrestre… (y los dos se miraron a los ojos, largo rato, quizás durante una hora, o quizás durante dos).

Huelga decir lo que pasó a continuación, y como huelga decirlo, será mejor que no lo hagamos. En su lugar, diremos que una noche de agosto, mientras el hijo adoptivo de Eric y su marido jugaba en el jardín de casa, un avión privado surcó el cielo desprendiendo un nauseabundo olor como de gasolina quemada. El olor, en efecto, lo provocaba la gasolina que, mientras volaba, se iba quemando calladamente en el motor del ala derecha. Tanta gasolina se llegó a quemar que el motor explotó, reventando la parte trasera del avión, y la del medio, y la delantera, y hasta cualquier otra parte que el ingeniero hubiera querido inventarse. En el avión, pilotado por un extrovertido asesino en serie, viajaban Orlando, y la madre de Jenny, y la “Srta. Marta”, y hasta el pobre Bron Bronkiuster, que aunque no merecía una muerte tan espantosa, tuvo la equivocada idea de coger el mismo avión que Jenny y Henry, famosos terroristas internacionales, habían saboteado la noche anterior.

DAVID BOMBAI

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CIAO, MARIO

May 18, 2009 | | Leave a Comment

[Foto: El País]

Foto: El País

CERTIFICADO DE EXISTENCIA

Ah ¿quién me salvara de existir?
-Fernando Pessoa -


Dijo el fulano presuntuoso /
hoy en el consulado
obtuve el habitual
certificado de existencia

consta aquí que estoy vivo
de manera que basta de calumnias

este papel soberbio / irrefutable
atestigua que existo

si me enfrento al espejo
y mi rostro no está
aguantaré sereno
despejado

¿no llevo acaso en la cartera
mi recién adquirido
mi flamante
certificado de existencia?

vivir / después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe

cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
qu estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia

existo
luego pienso

¿cuántos zutanos andan por la calle
creyendo que están vivos
cuando en rigor carecen del genuino
irremplazable
soberano
certificado de existencia?

Mario Benedetti

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La Hélène Genvrin ens presenta, a la Casa Gòtica d’Argentona, una breu selecció dels seus treballs d’enquadernació.

Val la pena acostar-hi una  (hi ha temps fins el 7 de juny) i fer una ullada a les diferents tècniques emprades. Les obres exposades són realment per a bibliòfils empedernits.

Fins i tot hi ha la possibilitat de comprar un dietari preciós. Llàstima que no deixein ni obrir-lo per veure com és tot ell. I clar, qui compra un dietari així sense poder tocar-lo, olorar-lo i fer-se’l seu al moment?

Igualment, val molt la pena la visita.

Apunto la presentació que la pròpia Hélène publica a la seva web:


Els llibres de Hélène Genvrin

L’alcade d’Argentona, Pep Masó i la regidora d’Actes Culturals, Miriam Agama, es complauen a convidar-vos a la inauguració de l’exposició de llibres d’Hélène Genvrin, Enquadernació artesanal i artística.L’acte inaugural tindrà lloc a la sala d’exposicions de la Casa Gòtica d’Argentona (veure mapa), el dissabte 25 d’abril a les 19:30h. L’exposició romandrà oberta fins el 7 de juny de 2009.
organitza: Ajuntament d’Argentona.
amb la col.laboració de: Generalitat de Catalunya, Departament de Cultura i Mitjans de Comunicació.

L’art d’enquadernar és, per a Helene Genvrin “una manera de comunicar quelcom personal, gairebé íntim, però alhora universal.” El llibre, vist com a suport artístic, permet a l’artesà donar forma a les seves idees i sentiments, usant per aquest fi, el bon coneixement de l’ofici i dels materials. Els llibres d’Helene són delicats i expressius, i conviden al lector/espectador a descobrir un llenguatge manual ple de poesia.


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A França sembla que es mouen algunes inciatives interessants en pro de la Literatura lateral, la que no s’indexa a les llistes dels més venuts, a la literatura dels autors joves amb coses a dir…

Com podriem fer quelcom semblant a casa nostra?

Som-hi amb la notícia:

El Ministeri de Cultura francès ha aprovat un decret amb l’objectiu d’ajudar més de 3.000 llibreries independents a través de subvencions i rebaixes fiscals davant l’alarmant desaparició de les llibreries de barri i familiars.

La mesura té com a objectiu protegir totes aquelles botigues que obtenen més del 50% dels beneficis amb la venda de llibres nous i que disposen d’una oferta variada en gèneres i autors. Es valora molt que el llibreter tingui per norma no donar el protagonisme als “best-sellers” sinó que tradicionalment destaqui en els prestatges principals els autors joves. Llibreters de gran personalitat  com els de La Librairie des Abbesses, La Hune, Le Dilettante i L’arbre à lettes representen la lluita per una creació literària contemporània també fruit de l’esforç de les petites editorials.

Així el ministeri pretén crear aviat una llista anual de llibreries que segueixen aquestes exigències de qualitat i diversitat, en el que s’ha qualificat com a Guia Michelin de les llibreries.

Molts d’aquests cellers on fermenten els productes literaris afegeixen als criteris del ministeri una sèrie d’activitats permanents al voltant de temàtiques, autors i gèneres com ara lectures col·lectives, conferències, passejos literaris, xerrades-cafè i gimcanes expressives.

Per incentivar encara més el públic a consumir cultura, un grup de 500 llibreries de l’associació Verbes regalen un número especial de la revista “XXI” que fa un homenatge al concepte del llibre.  La pròxima marca de qualitat de les llibreries franceses promet un viatge físic com a excusa per un o més viatges literaris.

Des de París, Maria Rovira per a iCat fm

[Font: Icat fm]

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De l’illa dels llibres (de J. Milian) repliquem fil per randa aquesta notícia sobre els resultats de vendes d’aquesta Diada de Sant Jordi 2009.

Som-hi !

El Gremi de Llibreters qualifica d’èxit de vendes i participació la jornada de Sant Jordi
El bon temps contribueix que molts ciutadans surtin a comprar llibres per regalar en les moltes parades instal·lades a Catalunya i llibreries.
El públic, més majoritari a la tarda, s’ha decantat pels títols de narrativa, assaig, juvenils, infantils i sobre la crisi i per les edicions de butxaca.
A falta del balanç final, els llibreters estimen que la facturació serà d’uns 20 ME, com la de l’edició anterior, que representa un 7,5% de tot l’any.

Ficció català

1/Els homes que no estimaven les dones, Stieg Larsson, Columna
2/ El silenci, Gaspar Hernández, Destino
3/ L’últim home que parlava català, Carles Casajuana, Planeta
4/La noia que somiava un llumí i un bidó de gasolina, Stieg Larsson, Columna
5/La solitud dels nombres, Paolo Giordano, Edicions 62
6/L’any del senyor, Eloi Vila, Alisis
7/Barcino, Maria Carme Roca, Columna

8/Olor de colònia, Sílvia Alcàntara, Editorial
9/El nas de Mussolini, Lluís Anton Baulenas, Proa
10/El noi del pijama de ratlles, John Boyne, Empúries

Ficció castellà

1/Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson, Destino
2/La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Stieg Larsson, Destino

3/La soledad de los números primos, Paolo Giordano, Salamandra
4/La mujer de verde, Almandur Indridason, RBA
5/El fuego, Katherine Neville, Plaza & Jané
6/Tokio Blues, Haruki Murakami, Tusquets

No ficció català

1/Crònica de la independència, Patricia Gabancho, Columna
2/El món sobre rodes, Albert Casals, Edicions 62
3/No m’ho crec¡, Joan Majó, La Magrana
4/La festa dels sentits, Sebastià Serrano, Ara Llibres
5/Perquè som com som, Eduard Punset, Destino

No ficció castellà

1/Anatomia de un instante, Javier Cercas,
2/La crisis ninja, Leopoldo Abadía, Espasa
3/Todos mis hermanos, Manel Estiarte, Plataforma
4/Barcelona negra, Rafael Jiménez, Planeta
5/El secreto, Rhonda Byrne, Urano

6/El factor humano, John Carlin, Seix Barral
7/Gomorra,Roberto Saviano, Debate


Juvenils

1/Viatge en el temps, Geronimo Stilton, Destino
2/L’hoste, Stephenie Meyer, Alfaguara

3/Eclipsi, Stephenie Meyer, Alfaguara


Mediàtics

1/Cracòvia, Columna
2/Pep Guardiola, Jaume Collell, Columna
3/La pilota no entra per atzar, Ferran Soriano, Ara Llibres

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La Comissió de Festes de Cirera convoca el XII Concurs de Poesia que es realitzarà d’acord amb les següents
B A S E S

1. Podran participar al concurs totes les persones interessades, sense limitació d’edat, de forma individual o col·lectiva.

2. Els participants podran presentar com a màxim tres obres inèdites i originals, escrites en llengua catalana o castellana

3. Els treballs es dividiran, segons l’edat, en les següents categories:

♦ Categoria A: fins 11 anys.
♦ Categoria B: de 12 a 16 anys.
♦ Categoria C: de 17 a 30 anys.
♦ Categoria D: més de 31 anys

4. Les obres es presentaran mecanografiades, en format DIN-A4, escrites a una sola cara.

5. Les obres es presentaran sense la firma de l’autor, fent constar en el revers el títol de l’obra i l’edat del participant. Cal incorporar un sobre tancat amb el títol a l’exterior, i a l’interior una còpia del DNI o document
acreditatiu de l’edat del participant, i un document amb el nom, l’adreça i el telèfon.

6. El tema de les obres es lliure.

7. Els treballs es podran presentar directament a la seu de l’Associació de veïns de Cirera (Ctra. Cirera, 33, telèfon 93.758.82.09). El termini improrrogable de recepció finalitzarà el divendres, dia 29 de maig de 2009.

8. El Jurat estarà format per dos representants de la Comissió de Festes i dos assessors per a una millor resolució del concurs.

9. El Jurat seleccionarà tres premis de cada categoria, un primer, un segon i un tercer classificat. Aquests tindran un trofeu o placa com a finalistes del concurs.

10. La resolució del Jurat es donarà a conèixer el divendres, dia 12 de juny de 2009. Els treballs seleccionats en els tres primers llocs de cada categoria es publicaran a l’apartat del “Racó del poeta” del llibre de la Festa Popular
de Cirera de l’any 2009.

11. El Jurat podrà excloure del concurs les obres que no s’ajustin a las bases o no tinguin un nivell mínim de qualitat.

12. La Comissió de Festes podrà publicar, si ho considera oportú, tots els treballs presentats.

13. La participació en aquesta convocatòria implica l’acceptació de les seves bases i de la resolució del Jurat, que serà inapel·lable.

14. Qualsevol aspecte no previst en aquestes bases serà resolt pel Jurat.

Mataró, 06 d’abril de 2009

Veure bases

Veure cartel

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Si vols publicar un llibre gratis per internet, necessites Bubok.

Bubok és la primera plataforma d’autopublicació online de l’Estat espanyol que ofereix als usuaris la possibilitat de publicar gratuïtament les seves obres. Acaba de celebrar el primer aniversari i ja ha editat set mil obres i té més d’un milió d’usuaris registrats.

Es va crear l’abril de l’any passat amb l’objectiu que qualsevol autor de continguts pugui tenir el seu llibre en paper, en digital o en el format de llibre convencional. Cada escriptor pot decidir en quin format desitja tenir l’obra, si vol vendre-la i a quin preu, i serà el client final el que triï la forma d’enviament. Tot plegat es fa sota demanda, sense cost inicial ni comandes mínimes, un sistema que permet imprimir únicament les còpies que es vendran.

El mecanisme: et registres i penges la teva obra, havent tunejat prèviament el PDF original donant-li un format, afegint-li una portada i escollint les característiques físiques del llibre, com el tipus de paper i l’enquadernat.

Són tres mil els escriptors que ara per ara han publicat en aquesta editorial tecnològica. N’hi ha des de molt coneguts com Alberto Vázquez Figueroa fins a escriptors anònims, però Bubok també és un espai per a qui només vol publicar per a ell mateix, regalar el llibre a un familiar, el professor que ofereix un manual de classe, alumnes que venen els seus apunts enquadernats o editorials que guarden el seu fons de llibres.

Per celebrar l’aniversari, s’ha creat el I Premi Bubok de Creació Literària per a autors anònims o poc coneguts, amb una dotació econòmica de dos mil euros.

Autor: Montserrat Rossell.
Font: Icatfm.cat

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El pasado 31 de marzo (2009) la Unesco anunciaba en su web la “nueva” BIBLIOTECA DIGITAL MUNDIAL…

“La UNESCO y 32 instituciones asociadas presentarán el 21 de abril, en la sede de la Organización en París, la Biblioteca Digital Mundial, un sitio web en el que se podrán consultar documentos culturales únicos de bibliotecas y archivos del mundo entero. El sitio contendrá manuscritos, mapas, libros raros, películas, grabaciones sonoras, publicaciones y fotografías y su acceso será ilimitado y gratuito.”

Biblioteca Digital Mundial

Biblioteca Digital Mundial

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